martes, 18 de agosto de 2020

Reseña: El Gran Nivelador de Walter Scheidel

 

El capitalismo nunca ha considerado la desigualdad como un problema, simplemente como una externalidad, de la misma forma que se clasifica la contaminación del medio ambiente.  Sin embargo, la sociedad moderna ha tomado conciencia de la gravedad de la contaminación y lo mismo está ocurriendo con la desigualdad. La ciencia económica ha volteado a verla como un elemento subestimado e igualmente grave por su condición estructural, es decir, donde ciertos elementos de la sociedad, sean cuales sean sus decisiones, no tienen forma de revertirla

Ante la critica que hoy enfrenta la globalización por la creciente desigualdad y concentración de ganadores y perdedores en el comercio internacional, Walter Scheidel, profesor de historia en la universidad de Stanford se preguntó ¿es el momento actual una coyuntura particular en términos de desigualdad en la distribución de la riqueza? O ¿es un escenario presente en todas las sociedades desde el inicio de la humanidad?

Para responder, Scheindel se dio a la tarea de estudiar la desigualdad desde el inicio de la humanidad, considerando las estructuras sociales y la distribución de la riqueza. Su libro “el gran nivelador” es doloroso de principio a fin y sin un final feliz. Página tras página, el estudio no hace más que probar que la desigualdad, en forma de concentración de ingresos, ha estado presente en toda la historia, mucho más allá de lo que podemos ver al día de hoy. Sin embargo, su libro busca otra respuesta ¿cuáles fueron los procesos que equilibraron nuevamente los ingresos y la riqueza?

El autor nos habla de cuatro jinetes, en referencia a la imagen bíblica de los cuatro jinetes del apocalipsis, en lugar del hambre, la guerra, la muerte y la conquista, se presentan la guerra, la revolución, las pandemias y las fallas del estado, pues los igualadores no llegan por la vía pacífica. El equilibrio social va de la mano de un costo en vidas. “Violencia y la historia de la desigualdad” es apropiadamente el subtítulo del libro.

La obra de Scheidel no lleva un mensaje esperanzador, si hoy podemos volver la vista atrás y ver que como sociedad tenemos mejores condiciones que en el pasado, el autor nos revela el costo. Hoy el mundo cuenta con una base de respeto al individuo establecida en los derechos humanos y en sociedades libres con derechos políticos y sociales, pero previo a su conquista debieron ocurrir dos terribles guerras mundiales. Los derechos fueron ganados a la par del sacrificio heroico de sus hombres y mujeres.

Finalmente, se presenta la interrogante, a la luz de la historia ¿cómo nos replanteamos como sociedad el problema de la desigualdad? ¿Asumimos las lecciones de violencia o nos resignamos a un destino de mayor riqueza en pocas manos y escasez para la mayoría?  Scheindel no lo deja así como así, para concluir nos da su perspectiva, se toma dicha atribución como autor y señala que las condiciones son distintas incluso para que los procesos violentos sean efectivos como igualadores. Sin embargo, nada está escrito. El pasado podrá afligirnos, pero no nos condena. 

Un libro que puede ser anecdótico para estudiosos de la desigualdad, pero esclarecedor para aquellos que creen en un urgente cambio social.

 

lunes, 10 de agosto de 2020

Sobre la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de los bancos centrales del G20, bajas expectativas

 

“Estamos viendo como nos quitamos este problema de encima, para volver a nuestra agendita previa” parece ser el sentido del comunicado de la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20, como si a 12 años de la crisis financiera hubiera algo que celebrar.

Sin duda, el G20 ha dejado de ser “el comité para salvar el mundo” como lo fue en 2008; aun así, las reuniones de los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales tienen el potencial de ser el origen de las iniciativas más audaces para un nuevo arreglo económico internacional. No es que no existan iniciativas sobre la mesa, es que parece que están mentalmente ubicados en principios del siglo XXI, donde los mercados financieros eran la respuesta a todos los problemas.

El comunicado de la reunión de mediados de julio no da muestras de la identificación de una oportunidad para una arquitectura financiera internacional más equilibrada, ni de empatía hacia el terrible impacto que la pandemia de Covid-19 está causando en las partes más vulnerables de sus sociedades. Sin siquiera mencionar los escenarios negativos previstos por las instituciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional (participe de los encuentros) para los próximos años, se sujetan al guion de un plan de acción que tan solo compromete a que cada uno se rasque con sus propias uñas y actúa de acuerdo con las leyes de oferta y demanda. Política monetaria laxa, política fiscal expansiva y respeto a las reglas del libre mercado; la idea clave del plan es mantener la liquidez. Se espera que, como si se tratara de los bancos en la crisis de 2008, tan pronto como se pueda salir a la calle, los negocios volverán a la normalidad y el crecimiento retomará el rumbo. Además de limitado en propuestas, el plan también es tan poco valorado que el primer compromiso señala el “total cumplimiento con las Regulaciones Internacionales de Salud”, cuando Estados Unidos anunció a finales de mayo su retirada de la Organización Mundial de la Salud.

Es evidente que los ganadores de la globalización, los países desarrollados, planteen dicho escenario. Lo sorprendente es que los países en desarrollo avalen la misma respuesta debido a que la capacidad de sostener empresas es distinta, el espacio fiscal es más ajustado, el costo de la deuda está aumentando y podría llegar a ser insostenible en algunos casos.

Argentina, participe del evento, está a unos días de enfrentar un nuevo impago a su deuda y la oferta del G20 a un escenario de ese tipo (la reestructuración de deudas), es planteado tan solo para los países menos adelantados. En México, tan solo por la contracción de su economía, la deuda aumentará al 55% del producto interno bruto y para nada hace suyas propuestas como la del Ex secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, José Antonio Ocampo, que señala que las calificaciones soberanas no deben modificarse en tiempos de pandemia, aun sabiendo las altas probabilidades de que esto ocurra el próximo año. Lo mismo puede decirse de los riesgos en que se encuentra Turquía con la devaluación de la lira o lo que pudiera ocurrir con Brasil y su creciente endeudamiento.

Como es bien sabido, todo vacío de poder tiende a llenarse y el G20 está ofreciendo una oportunidad de oro para quien busque asumir el liderazgo internacional, quizá la clave esté en la carrera por la vacuna anti Covid-19. Mientras tanto cada estado tomará sus medidas al interior, consistentes o no con lo acordado, pero legitimar un planteamiento tan mínimo parece innecesario. Sin una agenda real de cambio, quizá para la reunión de presidentes del G20 mantener el formato virtual sea lo más adecuado, pues no merece la pena ningún gasto ante sus mínimos resultados.