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lunes, 10 de agosto de 2020

Sobre la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de los bancos centrales del G20, bajas expectativas

 

“Estamos viendo como nos quitamos este problema de encima, para volver a nuestra agendita previa” parece ser el sentido del comunicado de la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20, como si a 12 años de la crisis financiera hubiera algo que celebrar.

Sin duda, el G20 ha dejado de ser “el comité para salvar el mundo” como lo fue en 2008; aun así, las reuniones de los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales tienen el potencial de ser el origen de las iniciativas más audaces para un nuevo arreglo económico internacional. No es que no existan iniciativas sobre la mesa, es que parece que están mentalmente ubicados en principios del siglo XXI, donde los mercados financieros eran la respuesta a todos los problemas.

El comunicado de la reunión de mediados de julio no da muestras de la identificación de una oportunidad para una arquitectura financiera internacional más equilibrada, ni de empatía hacia el terrible impacto que la pandemia de Covid-19 está causando en las partes más vulnerables de sus sociedades. Sin siquiera mencionar los escenarios negativos previstos por las instituciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional (participe de los encuentros) para los próximos años, se sujetan al guion de un plan de acción que tan solo compromete a que cada uno se rasque con sus propias uñas y actúa de acuerdo con las leyes de oferta y demanda. Política monetaria laxa, política fiscal expansiva y respeto a las reglas del libre mercado; la idea clave del plan es mantener la liquidez. Se espera que, como si se tratara de los bancos en la crisis de 2008, tan pronto como se pueda salir a la calle, los negocios volverán a la normalidad y el crecimiento retomará el rumbo. Además de limitado en propuestas, el plan también es tan poco valorado que el primer compromiso señala el “total cumplimiento con las Regulaciones Internacionales de Salud”, cuando Estados Unidos anunció a finales de mayo su retirada de la Organización Mundial de la Salud.

Es evidente que los ganadores de la globalización, los países desarrollados, planteen dicho escenario. Lo sorprendente es que los países en desarrollo avalen la misma respuesta debido a que la capacidad de sostener empresas es distinta, el espacio fiscal es más ajustado, el costo de la deuda está aumentando y podría llegar a ser insostenible en algunos casos.

Argentina, participe del evento, está a unos días de enfrentar un nuevo impago a su deuda y la oferta del G20 a un escenario de ese tipo (la reestructuración de deudas), es planteado tan solo para los países menos adelantados. En México, tan solo por la contracción de su economía, la deuda aumentará al 55% del producto interno bruto y para nada hace suyas propuestas como la del Ex secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, José Antonio Ocampo, que señala que las calificaciones soberanas no deben modificarse en tiempos de pandemia, aun sabiendo las altas probabilidades de que esto ocurra el próximo año. Lo mismo puede decirse de los riesgos en que se encuentra Turquía con la devaluación de la lira o lo que pudiera ocurrir con Brasil y su creciente endeudamiento.

Como es bien sabido, todo vacío de poder tiende a llenarse y el G20 está ofreciendo una oportunidad de oro para quien busque asumir el liderazgo internacional, quizá la clave esté en la carrera por la vacuna anti Covid-19. Mientras tanto cada estado tomará sus medidas al interior, consistentes o no con lo acordado, pero legitimar un planteamiento tan mínimo parece innecesario. Sin una agenda real de cambio, quizá para la reunión de presidentes del G20 mantener el formato virtual sea lo más adecuado, pues no merece la pena ningún gasto ante sus mínimos resultados.

 

viernes, 20 de diciembre de 2019

Reseña: "Lords of finance" de Liaquat Ahamet

Con un título imponente “Los señores de las Finanzas” en donde aparecen los titulares de los Bancos centrales de Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos en los años 20s y 30,  el libro de Liaquat Ahamet hace recordar la poderosa portada de la Revista Time de 1999 con Alan Greenspan, titular  de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Robert Rubin, Secretario del Tesoro y Larry Summers, Subsecretario del Tesoro, bajo el título “El Comité para Salvar el Mundo”,  solo que en la portada del libro, el mensaje es el contrario: “los banqueros que quebraron el mundo”. La combinación perfecta para un best seller.
Más allá de una buena narración descriptiva de la dinámica informal del sistema financiero a través de amistades y viajes trasatlánticos en épocas que ni el teléfono ni el avión eran de uso comercial, he de decir que el libro es demasiado extenso en cuanto al contexto y demasiado implícito en cuanto al punto de la obra y a las malas decisiones tomadas por los titulares de sus respectivos bancos centrales en relación con las medidas de una espiral descendente en la economía europea y norteamericana.
No siendo de mi interés de revelar detalles del libro, comentaré que el cierre es demasiado apresurado para explicar cómo, de acuerdo con el título señala, “los banqueros quebraron el mundo” por medio de la salida de Estados Unidos del Patrón Oro y que bajo la narración de las circunstancias, no es claro el momento de la toma de decisiones equivocada.

Como puntos relevantes, conviene señalar que lo narrado por Ahamet es útil para entender desde otra óptica eventos puntuales como el plan Dawnes y el plan Young, puesto que no es lo mismo lo que se presentó al mundo que la naturaleza de lo negociado y el contexto del momento, esto último es lo que puede cambiar la perspectiva sobre el éxito o fracaso de dichos planes dependiendo de quien lo mire.
Desafortunadamente, como conclusión diría que el contenido es tan solo uno más de la corriente de historia financiera que se puso de moda tras la crisis de 2008, como 13 Bankers de Siimon Jonkson y James Kwak y Too big to fail de Andrew Ross Sorkin y ni hablar del más ameno The Battle of Bretton Woods de Benn Steil.